¡Hola! Lo siento, hace mil que no escribo, pero, es que me da mucha pereza. Po fin de vacaciones. Quizás sean las únicas tranquilas hasta dentro de mucho tiempo. Cambio de colegio, y espero que sea para bien. Un régimen disciplinado nunca viene mal. Y para recordar todos estos años de clases en mi antiguo instituto, os voy a dejar el cuento que hice para el concurso "Relatos de Invierno". ¡Que lo disfrutéis!
Mi nombre es Karl McDonald. Cuando
la historia que os voy a relatar sucedió, vivía con mi esposa Lisa y mis dos hijas, Laura y
Stephanie, en Tokio, por temas laborales. En realidad, toda la familia es de
Ohio. Mi mayor pasión es la aviación.
Me alisté en el ejército de Estados Unidos cuando tenía 20
años. Durante 4 años, piloté aviones de combate, de ahí esta pasión. Esa época
la recuerdo como la mejor de mi vida, aunque a mis padres les dí más de un
disgusto con mis andaduras en el ejército. Gracias a ello, recorrí medio mundo.
Conocí todo tipo de culturas, y disfruté de las gastronomías más exquisitas de
todo el planeta Tierra.
Luego, senté la cabeza, me casé y
lo abandoné todo para encerrarme en una oficina durante ocho horas diarias.
Cuando nos trasladamos a Tokio, volví a sentir la necesidad imperiosa de
pilotar.
Aún recuerdo mi llegada al país nipón. Toda la familia nos
acompañó al aeropuerto. El día era, aparentemente, soleado. Nos despedimos de
todos, uno por uno. Fue un momento muy difícil. Pensé que era un error, pero ya
no tenía solución. Ya nos habíamos subido al avión, y no podíamos bajarnos. A
las tres horas, comenzó a haber turbulencias. Nos dijeron que se debía al mal
tiempo.
- Las nubes se han vuelto locas- comentaba nuestra
simpática azafata. Stephanie tenía miedo, Laura lloraba. Lisa y yo intentábamos
consolarlas, pero todos nuestros esfuerzos eran inútiles. Les decíamos que las
nubes estaban llorando, que no pasaba nada grave, pero no se lo creían. Hay que
ver que poco crédulos son los niños de hoy en día. El viaje fue una auténtica
tortura. Se nos hizo a todos interminable. Así que lo primero que hicimos nada
más llegar fue ir al apartamento a descansar. Era bastante grande, para estar
en una ciudad con tanta población. Tenía dos habitaciones, un baño, un salón y
una cocina. Además de dos plazas de aparcamiento.
Durante uno de mis paseos por los
alrededores de nuestro edificio, encontré un pequeño aeródromo a las afueras de
la ciudad. Decidí preguntar un día. Me dijeron que podía ir cuando quisiera.
Necesitaba volver a sentir el placer de perderme entre las nubes.
Lo pensé, y decidí probar. A mi
mujer no le hizo mucha ilusión, lo veía demasiado arriesgado. A mis hijas no
les conté nada, porque querrían venir conmigo.
Un día soleado, con una temperatura agradable, decidí
realizar un pequeño vuelo. Llegué al aeródromo. Aparentaba ser un sitio lujoso,
pero resultó no serlo. Me sentí igual que cuando abres un melón con una piel
preciosa y no sabe a nada.
Las avionetas eran pequeñas y muy antiguas. Sólo faltaba
Amelia Erhart para completar aquella estampa.
Por un momento me lo replanteé. Aquellas reliquias no parecían muy
seguras. Pero las ganas pudieron más que el miedo. Me dirigí a un mostrador,
donde me atendió una simpática chica con rasgos orientales. Me dio una serie de
instrucciones y me indicó donde estaba la avioneta que me habían asignado y
como debía despegar. Se fue. Me subí, puse el avión en marcha, y me coloqué
correctamente todas las protecciones requeridas. En el momento del despegue, se
me saltaron las lágrimas de la emoción. ¡Hacía tanto tiempo que no sentía algo
similar! Desde el despejado cielo de Tokio se podía divisar los rascacielos de
tan inmensa ciudad. ¡Era espectacular! Llevaba una hora de vuelo, me quedaba
combustible para otras dos horas más, así que decidí seguir con mi aventura. La
avioneta hacía unos ruidos un poco extraños, pero pensé que serían los
asientos, que eran muy viejos.
A las dos horas de travesía, empezaron
a aparecer nubes oscuras en el cielo. Tenía miedo, pero continué. Mis ganas me
impedían hacer lo contrario. Pero la situación cada vez empeoraba más.
De repente, el cielo se cubrió de un color negro como el
azabache. Empecé a sentir miedo. Quería aterrizar, pero no podía, no sabía ni
siquiera donde estaba. No tenía ni idea de cómo volver al aeródromo. Uno de mis
pensamientos me heló la sangre. Mi fotografía estaba en la lápida de una tumba
y toda mi familia llorando alrededor. ¡No! Yo tenía que salir de aquel
infierno.
Continué pilotando entre aquella “marea negra”. Me estaba
quedando sin combustible. En ese momento, volví a pensar en mi familia, y me
derrumbé por completo. No sabía que hacer. Decidí pedirle a Dios que me
ayudase, era mi única opción de sobrevivir. Acabé mi oración, y decidí dar vueltas
en redondo hasta que despejase. La angustia era cada vez mayor.
Tras media hora así, las nubes
comenzaron a disiparse. Un rayo de sol entró en mi avioneta como una bendición
del cielo. Respiré con gran alivio. Ya podía volver al aeródromo. Pero seguía
teniendo dos grandes problemas: no sabía donde estaba el aeródromo y tenía muy
poco combustible. No sabía como solucionar ninguno de estos dos problemas, así
que pensé que tal vez reconocería alguna calle o edificio, que pudiese
orientarme.
Comencé a perder la calma al ver
que aquella ciudad me era totalmente desconocida. También pensé que si
sobrevivía debía visitarla, ya que llevaba allí bastante tiempo y no conocía
sus lugares más emblemáticos.
De pronto, divisé una gran llanura
gris. ¡Era el aeródromo! Pero… ¡el combustible estaba a punto de agotarse!
Calculé lo que me duraría y la distancia al aeródromo, y no tenía suficiente.
¡Me quería morir! Mientras pilotaba, volví a comenzar con mis oraciones. Me iba
aproximando a mi objetivo, y veía que lo podía conseguir. Cuando estuve a tres
metros del suelo, se acabó el combustible. Mi avioneta cayó estrepitosamente.
Me gustaría relataros todo con detalle, pero lo siguiente que recuerdo es
despertarme en la cama de un hospital,
rodeado de mi mujer y mis hijas. Ellos me contaron que tras cinco horas sin
tener noticias de mí, decidieron ir al aeródromo. Allí se encontraron con mi
cuerpo inconsciente entre un amasijo de hierros, en el centro de la pista del
aeródromo.
Los empleados del aeródromo me contaron que escucharon un
tremendo ruido, como un gran golpe, y se asomaron a ver lo que había ocurrido.
Tras reconocer el modelo de la avioneta, buscaron mis datos personales y
llamaron por teléfono a mi familia.
Después de pasar tres días en
aquel hospital del demonio, volví a casa. Tarde nueve meses en recuperarme
físicamente, pero menos de dos en recuperar la ilusión por los aviones,
avionetas o cualquier objeto volador.
Y volví a subirme a una avioneta un año después. Esta vez
me acompañaron mi mujer y mis hijas. Mientras volábamos, el cielo se puso
oscuro, igual que aquel fatídico día. Todos pasamos mucho miedo, pero esta vez
el final fue feliz. Conseguimos regresar sin mayores incidencias.
A lo largo de aquel año, fui
visitando todos los lugares emblemáticos de Tokio. Cada uno que visitaba me
gustaba más que el anterior, y el primero me maravilló. No sé si sería casualidad, pero todos esos
días, el cielo se volvió negro, igual que aquel fatídico día. Pero esta vez
sólo tenía que aguantar un chaparrón.
Al ver mi vida tan cerca del
final, decidí cambiar mi vida por completo. Pasar ocho horas diarias encerrado
en una oficina inundada de facturas, cuentas, informes…, no era lo que yo
quería en la vida. Mi mayor sueño era ser piloto de avión, pero no era la mejor
idea. Así que pensé:
-
Ya
que no voy a pilotar aviones, ¿por qué no diseñarlos?
Me apunté a la universidad, y estudié “Ingeniería
Aeronáutica”. Profesionalmente, fue el mayor éxito de mi vida.
Os cuento como va mi vida. Actualmente,
trabajo diseñando aviones para el ejército de Estados Unidos, al que pertenecí
en mis años de juventud. Vivo con mi familia en una gran casa en Ohio. No
cambiaría mi vida por nada de lo que dejé en Tokio. Lo único que echo de menos,
es el delicioso sushi que preparaban en el restaurante que estaba junto al
edificio donde trabajaba.
El hecho de ver tan cerca mi
muerte me hizo reflexionar. Debemos apreciar más lo que tenemos, y ser
prudentes. También me he dado cuenta de que mi familia es lo más grande que
tengo y que debo apreciar lo que realmente valen.