Historias antiguas, pero no olvidadas

viernes, 6 de julio de 2012

Odisea en las nubes

¡Hola! Lo siento, hace mil que no escribo, pero, es que me da mucha pereza. Po fin de vacaciones. Quizás sean las únicas tranquilas hasta dentro de mucho tiempo. Cambio de colegio, y espero que sea para bien. Un régimen disciplinado nunca viene mal. Y para recordar todos estos años de clases en mi antiguo instituto, os voy a dejar el cuento que hice para el concurso "Relatos de Invierno". ¡Que lo disfrutéis!

Mi nombre es Karl McDonald. Cuando la historia que os voy a relatar sucedió, vivía  con mi esposa Lisa y mis dos hijas, Laura y Stephanie, en Tokio, por temas laborales. En realidad, toda la familia es de Ohio. Mi mayor pasión es la aviación.
Me alisté en el ejército de Estados Unidos cuando tenía 20 años. Durante 4 años, piloté aviones de combate, de ahí esta pasión. Esa época la recuerdo como la mejor de mi vida, aunque a mis padres les dí más de un disgusto con mis andaduras en el ejército. Gracias a ello, recorrí medio mundo. Conocí todo tipo de culturas, y disfruté de las gastronomías más exquisitas de todo el planeta Tierra.

Luego, senté la cabeza, me casé y lo abandoné todo para encerrarme en una oficina durante ocho horas diarias. Cuando nos trasladamos a Tokio, volví a sentir la necesidad imperiosa de pilotar.
Aún recuerdo mi llegada al país nipón. Toda la familia nos acompañó al aeropuerto. El día era, aparentemente, soleado. Nos despedimos de todos, uno por uno. Fue un momento muy difícil. Pensé que era un error, pero ya no tenía solución. Ya nos habíamos subido al avión, y no podíamos bajarnos. A las tres horas, comenzó a haber turbulencias. Nos dijeron que se debía al mal tiempo.
- Las nubes se han vuelto locas- comentaba nuestra simpática azafata. Stephanie tenía miedo, Laura lloraba. Lisa y yo intentábamos consolarlas, pero todos nuestros esfuerzos eran inútiles. Les decíamos que las nubes estaban llorando, que no pasaba nada grave, pero no se lo creían. Hay que ver que poco crédulos son los niños de hoy en día. El viaje fue una auténtica tortura. Se nos hizo a todos interminable. Así que lo primero que hicimos nada más llegar fue ir al apartamento a descansar. Era bastante grande, para estar en una ciudad con tanta población. Tenía dos habitaciones, un baño, un salón y una cocina. Además de dos plazas de aparcamiento.

Durante uno de mis paseos por los alrededores de nuestro edificio, encontré un pequeño aeródromo a las afueras de la ciudad. Decidí preguntar un día. Me dijeron que podía ir cuando quisiera. Necesitaba volver a sentir el placer de perderme entre las nubes.

Lo pensé, y decidí probar. A mi mujer no le hizo mucha ilusión, lo veía demasiado arriesgado. A mis hijas no les conté nada, porque querrían venir conmigo.
Un día soleado, con una temperatura agradable, decidí realizar un pequeño vuelo. Llegué al aeródromo. Aparentaba ser un sitio lujoso, pero resultó no serlo. Me sentí igual que cuando abres un melón con una piel preciosa y no sabe a nada.
Las avionetas eran pequeñas y muy antiguas. Sólo faltaba Amelia Erhart para completar aquella estampa.  Por un momento me lo replanteé. Aquellas reliquias no parecían muy seguras. Pero las ganas pudieron más que el miedo. Me dirigí a un mostrador, donde me atendió una simpática chica con rasgos orientales. Me dio una serie de instrucciones y me indicó donde estaba la avioneta que me habían asignado y como debía despegar. Se fue. Me subí, puse el avión en marcha, y me coloqué correctamente todas las protecciones requeridas. En el momento del despegue, se me saltaron las lágrimas de la emoción. ¡Hacía tanto tiempo que no sentía algo similar! Desde el despejado cielo de Tokio se podía divisar los rascacielos de tan inmensa ciudad. ¡Era espectacular! Llevaba una hora de vuelo, me quedaba combustible para otras dos horas más, así que decidí seguir con mi aventura. La avioneta hacía unos ruidos un poco extraños, pero pensé que serían los asientos, que eran muy viejos.

A las dos horas de travesía, empezaron a aparecer nubes oscuras en el cielo. Tenía miedo, pero continué. Mis ganas me impedían hacer lo contrario. Pero la situación cada vez empeoraba más.
De repente, el cielo se cubrió de un color negro como el azabache. Empecé a sentir miedo. Quería aterrizar, pero no podía, no sabía ni siquiera donde estaba. No tenía ni idea de cómo volver al aeródromo. Uno de mis pensamientos me heló la sangre. Mi fotografía estaba en la lápida de una tumba y toda mi familia llorando alrededor. ¡No! Yo tenía que salir de aquel infierno.
Continué pilotando entre aquella “marea negra”. Me estaba quedando sin combustible. En ese momento, volví a pensar en mi familia, y me derrumbé por completo. No sabía que hacer. Decidí pedirle a Dios que me ayudase, era mi única opción de sobrevivir. Acabé mi oración, y decidí dar vueltas en redondo hasta que despejase. La angustia era cada vez mayor.

Tras media hora así, las nubes comenzaron a disiparse. Un rayo de sol entró en mi avioneta como una bendición del cielo. Respiré con gran alivio. Ya podía volver al aeródromo. Pero seguía teniendo dos grandes problemas: no sabía donde estaba el aeródromo y tenía muy poco combustible. No sabía como solucionar ninguno de estos dos problemas, así que pensé que tal vez reconocería alguna calle o edificio, que pudiese orientarme.
Comencé a perder la calma al ver que aquella ciudad me era totalmente desconocida. También pensé que si sobrevivía debía visitarla, ya que llevaba allí bastante tiempo y no conocía sus lugares más emblemáticos.

De pronto, divisé una gran llanura gris. ¡Era el aeródromo! Pero… ¡el combustible estaba a punto de agotarse! Calculé lo que me duraría y la distancia al aeródromo, y no tenía suficiente. ¡Me quería morir! Mientras pilotaba, volví a comenzar con mis oraciones. Me iba aproximando a mi objetivo, y veía que lo podía conseguir. Cuando estuve a tres metros del suelo, se acabó el combustible. Mi avioneta cayó estrepitosamente. Me gustaría relataros todo con detalle, pero lo siguiente que recuerdo es despertarme en  la cama de un hospital, rodeado de mi mujer y mis hijas. Ellos me contaron que tras cinco horas sin tener noticias de mí, decidieron ir al aeródromo. Allí se encontraron con mi cuerpo inconsciente entre un amasijo de hierros, en el centro de la pista del aeródromo.
Los empleados del aeródromo me contaron que escucharon un tremendo ruido, como un gran golpe, y se asomaron a ver lo que había ocurrido. Tras reconocer el modelo de la avioneta, buscaron mis datos personales y llamaron por teléfono a mi familia.

Después de pasar tres días en aquel hospital del demonio, volví a casa. Tarde nueve meses en recuperarme físicamente, pero menos de dos en recuperar la ilusión por los aviones, avionetas o cualquier objeto volador.
Y volví a subirme a una avioneta un año después. Esta vez me acompañaron mi mujer y mis hijas. Mientras volábamos, el cielo se puso oscuro, igual que aquel fatídico día. Todos pasamos mucho miedo, pero esta vez el final fue feliz. Conseguimos regresar sin mayores incidencias.

A lo largo de aquel año, fui visitando todos los lugares emblemáticos de Tokio. Cada uno que visitaba me gustaba más que el anterior, y el primero me maravilló.  No sé si sería casualidad, pero todos esos días, el cielo se volvió negro, igual que aquel fatídico día. Pero esta vez sólo tenía que aguantar un chaparrón.

Al ver mi vida tan cerca del final, decidí cambiar mi vida por completo. Pasar ocho horas diarias encerrado en una oficina inundada de facturas, cuentas, informes…, no era lo que yo quería en la vida. Mi mayor sueño era ser piloto de avión, pero no era la mejor idea. Así que pensé:
-          Ya que no voy a pilotar aviones, ¿por qué no diseñarlos?
Me apunté a la universidad, y estudié “Ingeniería Aeronáutica”. Profesionalmente, fue el mayor éxito de mi vida.

              
 Os cuento como va mi vida. Actualmente, trabajo diseñando aviones para el ejército de Estados Unidos, al que pertenecí en mis años de juventud. Vivo con mi familia en una gran casa en Ohio. No cambiaría mi vida por nada de lo que dejé en Tokio. Lo único que echo de menos, es el delicioso sushi que preparaban en el restaurante que estaba junto al edificio donde trabajaba.


El hecho de ver tan cerca mi muerte me hizo reflexionar. Debemos apreciar más lo que tenemos, y ser prudentes. También me he dado cuenta de que mi familia es lo más grande que tengo y que debo apreciar lo que realmente valen.

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