Fijarnos quizá no sea algo que hagamos con frecuencia, y deberíamos hacerlo. Más aún cuando el asunto es de vital importancia para nosotros. Como por ejemplo, la admisión en una universidad. Os preguntaréis, ¿qué has liado ahora?
Anoche, al igual que todas las noches, revisé mi correo, como todas las noches. Encontré en mi bandeja de entrada un único correo sin leer, de la universidad que tengo como tercera opción y cuyas pruebas hice el pasado sábado. Mi corazón comenzó a latir a un ritmo acelerado. Abrí la lista de notas y me busqué. Un 6,63 y el puesto 443. Fue demoledor. ¡Estaba muy fuera! Pasé toda la noche pensando y lamentándome por ello. Mis padres hacen el enorme esfuerzo de llevarme a hacer las pruebas a Madrid y yo desperdicio la oportunidad así. No me atrevía ni a decírselo.
Sin embargo, al día siguiente (hoy) revisé la lista otra vez. Para mi sorpresa, en la primera hoja venía un pequeño texto que informaba de que aquella nota... ¡¡¡ solo suponía el 40%!!! Estallé de alegría al pensar que no todo estaba perdido. El otro 60% es la nota media de Bachillerato, que es un 9,36. La nota de acceso que me queda es 8,27. No es la octava maravilla del mundo, pero es aceptable, y más cuando lo ves todo perdido. Ahora, solo queda esperar.
Por eso, os digo que os fijéis EN TODO, os ahorraréis disgustos innecesarios.
Hoy ha sido un día de adelantar cosas, pero tranquilo. Estudiar, academia y estudiar. Nada realmente apasionante. Simplemente, trabajo de fin de semana que se ha ido acumulando durante la semana. Mucho de ello cada vez lo veo más inútil. A pesar de qué establezco prioridades, el mundo se encarga de acabar con ellas.
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